Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: TUBERCULOSIS CUTANEA

Teresa Rouchel, de 52 años, natural de Diebling, vivía en Metz. Hacia los 42 años experimentó los primeros síntomas de Lupus.

Todos los remedios empleados – yoduro potásico, cauterizaciones, etc. – fueron impotentes para detener el mal, así como los tratamientos del especialista doctor Bender. Todo fue inútil.

En el trascurso del año 1.899 se le perforó el paladar, y en 1.901 la mejilla derecha. Todas estas ulceraciones supuraban y despedían un olor infecto, que molestaba hasta a las personas de su familia. La nariz y el labio superior estaban fuertemente ulcerados y cubiertos de pus fétido.

La alimentación era muy difícil, pues los líquidos refluían por la nariz, a través de la perforación de la bóveda palatina, y se derramaban al exterior por la abertura de la mejilla, viéndose obligada la enferma a obturar el orificio con un tapón de algodón.

El día 4 de septiembre de 1.903 fue a Lourdes.

En el viaje de Metz a Lourdes, acompañó a Teresa Rouchel una Hermana de la Maternidad de Metz, encargada de practicar las curas, tanto durante el trayecto como en Lourdes.

El día 5 de septiembre de 1.903, dicha hermana hace constar que había en la mejilla derecha una abertura del grueso del dedo meñique, en la que introdujo una torunda de algodón, aplicándola por el exterior de la boca, ya que por este lado el agujero era más ancho.

Observó igualmente que la perforación palatina estaba cercada por una especie de rodete supurante. La bóveda del paladar estaba cubierta de mamelones carnosos, y el aliento exhalaba un olor fétido.

Tres horas más tarde, cerca de las cinco, al terminarse la procesión, el vendaje que sujetaba la cura se cayó, todo impregnado de pus.

La enfermera se lo puso otra vez, y al llegar al hospital rogó a la Hermana que renovara la cura.

Con gran sorpresa, la referida Hermana comprobó que tanto la perforación de la mejilla como la del velo del paladar, estaban cerradas, y curadas las ulceras.

El día siguiente, 6 de septiembre, el doctor Boissarie, acompañado de varios médicos belgas y franceses, examinaron a la señora Rouchel en la oficina de comprobaciones.

El agujero de la mejilla estaba reemplazado por una cicatriz resistente, quedando apenas una señal rojiza del diámetro de una lenteja. El paladar estaba reconstituido y no había rastro de supuración.

Con todo, la enfermedad no había desaparecido completamente, pues quedaba una pequeña ulceración en la cara del labio superior.

La enferma lo sabe, pero es tan grande su fe que le dice a la Santísima Virgen:

- Esta señal, que ni se ve ni me duele, os agradeceré me la dejéis para siempre, pues será la prueba del terrible mal que me habéis curado.

La mejoría prodigiosa ha persistido. Es imposible explicar naturalmente el cambio acaecido en tan poco tiempo.

Esta curación produjo un efecto extraordinario en todos los médicos de Metz.

  (E. Ugarte de Ercilla, S. J.: La Epopeya de Lourdes. Madrid, 1.919, pp.468-475.)

 

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