Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: PREPARANDO AL MÁRTIR

La imagen de la Madonna de San Lucas (Roma, Santa María la Mayor), desde los principios de la Compañía de Jesús, mereció la devoción de los jóvenes jesuitas.

Esta imagen tuvo un atractivo particular para los mártires de la Compañía.

Un caso bien patente fue la visión con que favoreció al mártir del Primado Romano en Inglaterra, Edmundo Campión.

Una copia de la piadosa imagen presidía la capilla del Noviciado de Brünn.

El futuro mártir de Inglaterra gustaba de orar ante ella.

Un día, durante un paseo por el jardín, cuentan que vió a la Santísima Virgen, con los mismos rasgos de la Madonna de San Lucas.

Le manifestó los propósitos de su Divino Hijo sobre su futuro.

Le mostró un retazo de tela empapado en sangre. Profecía muda del futuro.

El Santo era célebre por su elocuencia. Sus compañeros de universidad en Oxford recordaban sus triunfos oratorios en presencia de la Reina María en 1.553, y de la Reina Isabel, en 1566.

Pasó a Francia al seminario inglés de Douay. En Roma es admitido en la Compañía  de Jesús. Él y Persons son los primeros jesuitas enviados a la misión de Inglaterra. Su fecundísimo apostolado duraría poco más de un año.

Su primer sermón, comentando la frase “Tu es Petrus”, llega hasta los oídos de la Reina, y el 15 de julio da un nuevo decreto de persecución contra los católicos y especialmente contra los Jesuitas. Campión, sale de Londres disfrazado. Poco después hace una declaración que los protestantes llamaron “el desafío de Campión”. Se comprometía a tener tres controversias públicas con los protestantes. La primera ante los Lores del consejo real. Otra ante los más insignes profesores de las universidades de Oxford y Cambridge, y la tercera con peritos en derecho civil y canónico. La única respuesta fué recrudecer más aún la persecución.

Por fin es sorprendido por la declación de un católico apóstata y es conducido preso y atado, por las calles con el letrero “Campión, el jesuita sedicioso”, y encerrado en la Torre de Londres. La misma Reina, admirada, fue a visitarle en secreto,  y le preguntó, entre otras cosas, si la reconocía por su legítima soberana. El santo respondió afirmativamente.

Le atormentaron en el potro. Y el 16 de noviembre de 1581 tiene lugar –refiere un testigo- el juicio, ante una multitud “tan numerosa, cual jamás se había visto”. El tribunal, después de retirarse durante más de una hora a deliberar –tenía orden de condenarle, pasase lo que pasase-, dió veredicto de culpabilidad.

“No tememos la muerte –dijo en nombre de todos- si nuestra religión es la que nos hace traidores…, pero somos los súbditos fieles que jamás haya tenido la Reina. Al condenarnos a nosotros, condenáis también a vuestros antepasados, a todos los antiguos obispos, sacerdotes y reyes, todo aquello que un día fué la gloria de Inglaterra, la Isla de los Santos.”

Al fin llegó para Campión el día de derramar su sangre por Jesucristo.

En su camino  hacia  el patíbulo debió recordar la profecía de Nuestra Señora. Una estatua de la Virgen María había escapado a las manos de los iconoclastas.

Se erguía en un nicho,  bajo el arco de Newgate.

Hacia ella fué el último saludo del invicto mártir.

(DRIVE, A.: María y la Compañía de Jesús. Tortosa, 1916, p. 116; TESTORE: Santos y Beatos de la Compañía de Jesús, Madrid. 1943, pp. 145-160.)

 

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