Virgen María Madre de Dios

Milagro: La fe de un niño

 Odilón, el célebre abad de Cluny, había nacido el 962, bajo el pontificado de Juan XII, reinando en Francia Lotario. Sus padres les habían inculcado ya desde la infancia un tierno amor a laVirgen.Un hecho ocurrido-según cuentan sus biógrafos-en sus primeros años nos prueba la precocidad de aquella devoción mariana.

        A consecuencia de una enfermedad que puso en peligro su vida, quedaron sus miembros entumecidos y como paralizados. Sus padres cambiaron entonces de residencia y fueron a vivir a un castillo de sus dominios.

El pequeño les acompañaba, confiado a la guarda de los servidores y de una nodriza. La providencia quiso que hicieran un alto en el camino, junto  a una iglesia dedicada a la Virgen. Se dejó al niño, sobre su litera, ante el umbral del templo, mientras los criados iban a adquirir provisiones en las casas vecinas.

        El niño, estando solo como estaba, tuvo una inspiración divina. Ensayó de encontrar un medio de abrir la puerta y entrar en la Iglesia. Habiendo forcejeado largo tiempo, hizo por fin una última tentativa, penetró como pudo, andando a rastras hasta el vestíbulo del santuario; una vez dentro, avanzó desde allí hacia el altar, se cogió de los manteles y con su ayuda intentó levantarse. Sus pobres miembros raquíticos se resistieron al principio. Pero el niño insistió con obstinación; se agarró fuertemente del mantel del altar y forcejeó de nuevo. El niño sintió como si una corriente de nueva vida circulara por sus miembros entumecidos. Se levantó y echó a andar. Estaba curado.

        A poco llegaron los suyos, y llenos de temor, al sorprender la litera vacía, empezaron a buscarle. Por fin penetraron en el templo y no daban crédito a lo que veían. El niño saltaba de gozo alrededor del altar, dando gracias a la Virgen, que parecía sonreírle. Toman en sus brazos al niño milagrosamente curado y le llevan a sus padres, que no aciertan cómo manifestar su agradecimiento a la Santísima Virgen por aquella maravilla. 

        La Virgen María, a quien Odilón era deudor de aquella milagrosa curación, continuará llevándole de la mano y dirigirá sus pasos, concediéndole nuevas gracias.

         Se dice que más tarde, ya adolescente, se dirigió a una iglesia dedicada también a María. 
¿Sería la misma que fue testigo del milagro? No lo sabemos. Pero es cierto que allí, sin ser visto por nadie, y bajo la mirada de sólo Dios, junto al altar de Nuestra Señora, dijo:

        <<¡Oh Señora, Madre de mi Salvador Jesús, de hoy en adelante me consagro a vuestro servicio, a Vos, Mediadora mía que podéis socorrerme en todas mis necesidades. Después de Dios, yo os pongo por encima de todo en mi corazón y me entrego a Vos como esclavo para siempre!>>

        Era su célebre consagración a la Santísima Virgen. La posterioridad varía en ella una de los joyas más bellas del culto tradicional, tributado a María a través de los siglos. Esta consagración marcaba un hito luminoso en la  vida del santo. Era como el punto de partida de la santidad a que debería llegar el futuro abad de Cluny.

                                                                           (P. JARDET: Saint Odilón, Abbé de Cluny. Sa vie, son temps,  ses oeuvres (962-1049), Lyon, 1896; M. LAMEY: Les traditions mariales de l’Ordre de Cluny. Congrès Marial. Lyon, 1901, pp. 370-371.)

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