Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: LA CONVERSIÓN DE TUCKWELL

En el Congreso católico de Lille, el abate Tuckwell, capellán del Santuario de Nuestra Señora de las Victorias, de París, contó algunos episodios conmovedores de su vida.

Nacido de familia protestante, había sido educado en un profundo odio a todo lo que fuese católico, de un modo especial al culto de la Virgen.

Contaba apenas seis años, cuando oyó el Avemaría de los labios de algunos de sus compañeros católicos. No tardó en aprenderla y en decirla a su madre, la cual indignadísima, le prohibió severamente que la repitiese.

El niño obedeció. Pero a los diez años, yendo al templo protestante, abrió por casualidad el Evangelio de San Lucas (I, 28), y leyó las mismas palabras de la oración de los católicos. Y en vista de ello, determinó decírselo a su madre.

- ¿Cómo es esto, mamá? Tú me dijiste que era una superstición rezar el Avemaría, y he encontrado las primeras palabras de esta oración en la Biblia. A pesar de que, según tú misma dices, es un libro santo y el libro de la verdad.

La madre no supo que responder. Animado con aquel silencio, el niño hizo el propósito de rezar él solo el Avemaría.

A los trece años, en el mismo evangelio de San Lucas, que leía con especial curiosidad, tropezó con el Magnificat, en el cual dice María que todas las generaciones le llamarán bienaventurada.

Se aprovecho de ello para interrogar a algunos protestantes:

- ¿Cómo decís que no debe honrarse a María, cuando en la Biblia, que según nuestras creencias es la base y regla única de la religión, se lee que todas las generaciones la llamarán bienaventurada? ¿No quiere esto decir que todos la honrarán con un culto especial? ¿Y por qué no lo hacemos también nosotros?

Todos callaron. Sólo la madre levanto su voz alterada para imponerle silencio, mientras murmuraba entre dientes: “Este muchacho será nuestra vergüenza, porque se hará católico.”

En efecto, a penas pudo, reconoció Tuckwell las múltiples contradicciones del protestantismo, admirado ante la lógica del catolicismo, abjuró de sus errores, y después de superar muchas dificultades, se hizo católico, y pidió y obtuvo ser admitido sacerdote.

Su mayor dolor era ver a los seres que más amaba obstinadamente en el error. Una hermana suya, madre de varios niños, había llegado a decirle:

- Mira estos niños. Sabe Dios cuanto los quiero, pero créeme. Sin titubear hundiría un puñal en su corazón antes que verlos católicos.

En el país donde vivía la desgraciada madre empezó a propagarse y hacer estragos el “croup”, tan fatal para los pequeños. Dos de sus hijos estuvieron a las puertas de la muerte. La madre y los parientes estaban desconsoladísimos. Todos sugerían remedios para salvarlos.

El P. Tuckwell les dijo:

- Aceptad también mi remedio. Yo propongo que recemos juntos el Avemaría.

En aquellas angustias nadie se atrevió a poner reparo alguno. Todos juntos rezaron el Avemaría, y los niños curaron.

La hermana primero, y después toda la familia, abrazaron el catolicismo. 

(J. Perardi: La Virgen Madre de Dios y la vida cristiana, t. II, Ed. Subirana, Barcelona, 1.914, p.207; C. Arbeloa: Sábados populares, I, 109.)

 

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