Virgen María Madre de Dios

Milagro: Hay fe en Montemagno

Montemagno es un pueblecito Italiano, blanco y acogedor, de sólo 3.000 habitantes, en su mayoría labradores, situado en lo alto de una fértil colina en la provincia de Alessandria. Una sequía pertinaz asola los campos. Se marchitan y se pierden cosechas. Se angustian los hombres. Lloran las mujeres. En lo humano, no cabe ya esperanza. El cielo, diáfano, y la necesidad apremia: si persiste la sequía, aunque luego llueva, ya no llega a tiempo.


Son los que faltan para la festividad de la Asunción de la Virgen. Acuden a predicar el triduo tres sacerdotes. Sube al púlpito el primero de ellos, ya entrado en años, don Bosco.


-Si venís al sermón estos tres días; si os reconciliáis con Dios, mediante una buena confesión; si os disponéis de tal manera que el día de la fiesta sea verdaderamente de Comunión general, yo os prometo, en nombre de la Señora, que una abundante lluvia fertilizará vuestra parroquia, salvará vuestras cosechas, remediará vuestra desgracia...


Sensación en los fieles. El sacerdote desciende del púlpito. Don Clivio, el celoso cura párroco, comenta entusiasmado:


-¡Bien! ¡Muy bien! Se necesita tener su coraje...


- ¿Coraje? ¿Por qué?


- Para lanzar esa promesa...


Ha causado efecto el sermón. El pueblo, con austeridad sentida, hace penitencia, confiesa sus pecados, se reconcilia con Dios, pide a la Virgen de la Asunción su auxilio generoso. Y no duda...


En cambio, en Grana, la aldea vecina, todo son burlas por aquella devoción rústica, producida por las palabras de un cura tosco y simple. Y así, en otras aldeas.
El día de la Asunción amanece más limpio que nunca. Ríen, escépticas, las gentes de los contornos. Sin embargo, en Montemagno hay fe.


Los fieles, sudorosos, se hacían en la iglesia, donde todos comulgan. Comunión general impresionante.


De la campana, al nacer de la tarde, sus toques llamando a vísperas. Empieza, en el templo, el canto de los salmos.


-Mal va a quedar el Padre- comenta con tristeza el Marqués de Maitre, uno de los propietarios más ricos del lugar.
El Padre predicador recibe malas noticias. Cielo despejado. Solo una nubecilla menuda a lo lejos...
-Que empiece el Magnificat. ¡Fe en la Virgen de la Asunción!
Cuando el sacerdote inicia el Avemaría, milagrosamente llueve. Es una lluvia abundísima, persistente. Contra las vidrieras de la iglesia chocan las aguas desatadas. La cosecha se salva. La fe hizo el milagro. Dios sobretodo; y la Virgen que está allá arriba en su Asunción gloriosa.

                                                                             (Sucede este hecho, exactamente, el 15 de agosto de 1864. Los sacerdotes que predican el triduo son Don Bosco, Don Cagliero y Don Rúa. El sacerdote que emplaza a la Virgen es el primero de los citados. Hoy está en los altares con el nombre de San  Juan Bosco. Narra este caso portentoso, entre otras autoridades, el biógrafo Lemoyne.)

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de CatholicosOnline