Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: CANTANDO A LA VIRGEN EN LA MISMA HORCA

Bajo el dominio de “los rojos” en Bilbao, se encontraba preso y martirizado en el barco “Cabo Quilates” el sacerdote ejemplar don María Lumbreras.

Un jefe, a quien llamaban “Muela”, era su verdugo.

Parece que este hombre había de desayunarse cada mañana con el gozo de hacer sufrir al cura. Mandarle baldear la cubierta o limpiar los lugares inmundos era lo más suave. Con golpes y amenazas le obligaba a levantar el puño, cantar la Internacional, dar gritos…

El sacerdote sufría y callaba.

Un día, “Muela”, como queriendo regocijarse ante la rabia inútil de su víctima, le preguntó:

- Oye, cura: si la tortilla diese la vuelta y tú fueras el mandamás y yo me encontrara en tus manos, ¿qué me harías?

- Yo te perdonaría, como te perdono desde ahora…

El hombre no preguntó más. Se retiró: ya llevaba materia que meditar…

Dicen que desde entonces no volvió a atormentarle. Y que hablaba con él. Y hasta le dio algún cigarrillo.

-Pero-fuese culpa de “Muela” o de otros- el sacerdote fue asesinado y dio su vida por Dios y por las almas el 25 de septiembre de 1.936

Amaneció para Bilbao el día de la liberación. “Muela” huyó a Santander con sus camaradas. Allí le esperaba la justicia de Dios, y cayó en manos de la justicia de los hombres. Le cogieron, mezclado con otros muchos, y le trajeron a Bilbao, siendo encerrados todos ellos en el campo de concentración, que era entonces la Universidad de Deusto.

Allí debían estar hasta que se aclarase su situación y su responsabilidad. Entonces irían unos a sus casas, otros a la cárcel.

“Muela” fue a la cárcel. No podía ir a otra parte por poco que fuese conocido. Le descubrió el sargento Maidagán, a quien él había atormentado en el “Cabo Quilates” y al punto fue sometido al consejo sumarísimo. La sentencia sonó fulminante: garrote vil por todos sus crímenes.

Él, al principio, negaba con terrible porfía. Y maldecía al sargento que le había detenido. Decía que obraba movido por una pasión indigna, por una venganza personal. Nada le valió: no hubo indulto ni revisión, y la ejecución era inminente.

Pocas horas quedaban ya para la misericordia, pero fueron suficientes. Vino un  sacerdote a la cárcel, habló con “Muela”: y el hombre hasta ahora tan temible, no sólo se confesó con cristiana piedad, sino que públicamente reconoció sus crímenes y la justicia de su sentencia.

-¿Dónde está el sargento Maidagán?-preguntó.

El sargento estaba lejos, mas él suplicó que le hicieran venir. Aunque aún no había amanecido, quisieron dar este consuelo al condenado a muerte, y llamaron al sargento. Al verle llegar, le pregunto “Muela”.

-¿Me perdonas?

-No pienses más en eso-contestó conmovido el sargento-, todo está perdonado.

El preso se acercó a él, y ante el pasmo de todos, le dio un beso y lo abrazó.

Los guardas estaban emocionados. Pero la emoción fué creciendo, según le vieron oír Misa y comulgar. Salir sereno al patio de la cárcel, donde le esperaba el verdugo junto a la horca.

Y aquel momento fué único. Con qué emoción hablaban de él los que fueron sus testigos. Uno de ellos me contaba:

-Algunos hemos visto que en cuanto llegan al patio y ven la horca preparada se ponen como locos, se tiran a las paredes, inspiran horror y compasión. El pobre “Muela”, no; se acerco al palo, se puso de pie junto a él y pidió cinco minutos de vida.

-¿Para qué los quieres?

Todos quedamos mudos al oírle. El dijo sencillamente:

-Para cantar a la Virgen antes de morir.

Se lo concedieron. Y “Muela”, el terrible “Muela” levantó su voz y cantó con bríos unos cantares de “La Dolorosa”, tal vez lo único bueno que sabia el pobrecillo… Su voz, vibrante, juvenil, resonaba en el patio de la cárcel, bajo las estrellas de aquel pálido amanecer de marzo…

Al concluir, dijo:

-Ya está.

Y se puso en manos del verdugo.

(P. José Julio Martínez, S.J.: Para conquistar.
           Bilbao, 1946, p. 76   ss.)

 

Puedes leer más milagros AQUI

Puedes ver más vídeos de milagros AQUI

 

 

de CatholicosOnline