Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Medetachi  Seicho Maria

La Madre S. Bandouin, después de echar una última mirada sobre las japonesitas paganas que salían del Tatujisko -colegio y jardín de la infancia-  camino de sus casas, volvió a entrar en el edificio. Pensativa y con una mirada triste empezó a recoger y ordenar las diminutas sillas.

Durante los tres años empleados en la educación de aquellas almas infantiles, nunca había conocido el desaliento. Parecía haber venido a este mundo para actuar en aquel ambiente infantil. Era el mismo que soñaba cuando estudiaba en la Universidad de Lovaina y soñaba con su vida de misionera, mirando alguna acuarela japonesa. Con infinita paciencia había estudiado aquellos 50.000 canjis –letras japonesas-, y asimilado los mil detalles de la delicadeza, imprescindibles para llegar al alma japonesa.

El motivo de su tristeza: la muerte de una de sus pequeñas, ocasionada por una pulmonía la noche anterior. Había notado la ausencia desde hacía dos días, de la pequeña Susuko. Si se hubiera informado mejor,  habría ido a visitar a la enfermita para abrirla el camino del cielo con el bautismo.

Madre S. Bandouin se volvió hacia el kakemono de Nª Sra. De  Lourdes y le dijo con tono de reproche: <<Madre mía, ¿cómo no has abierto el jardín del cielo a una pobre paganita de cuatro años?>>

Al día siguiente, mientras arreglaba una vez más la sala que las niñas acababan de dejar, entro una mujer vestida de blanco -señal del luto riguroso de Japón-, y después de numerosos saludos, que la Madre devolvió con la minuciosidad de la etiqueta japonesa.

-Enséñame –dijo- a María Sama.

-¿La conoces?

-No, pero soy la madre de Susuko y mi corazón me dice que tenga esperanza.

-Explícate, por favor.

-Durante los días de su enfermedad mi hija no ha dejado de cantar palabras extranjeras, las que enseñas en Tatujisko.

-¿Cuál? ¿<<la queja de los cerezos>>?, ¿<<la danza de las mariposas>>?

-No, no. Le gustaban mucho a mi hija, pero ella cantaba palabras extranjeras llamando a María Sama. Y a pesar de que ardía por la fiebre y se ahogaba, Susuko ha muerto sonriendo. ¿Es María Sama más dulce que Kwamon? Por favor, enséñame a María Sama.

-Sí, pobre madre, voy a enseñarte a la dulce María Sama, y ella te hará encontrar a nuestra pequeña Susuko, Pero antes te ruego que me repitas las palabras que decía la niña.

-No las he olvidado. Solamente tres: Medetashi seico, María (Dios te Salve, María). Llena de gracia –continuó Madre S. Bandouin arrodillándose delante de N.ª Sra. de Lourdes, con el alma llena de agradecimiento y alegría.

No se le había ocurrido pensar en la posibilidad del  bautismo de deseo. ¿Cómo iba a condenarse el alma de una niña que moría llamando a la Virgen, que es <<Puerta del Cielo>>?

 

             (C. ARBELOA: Sábados populares, vol. III pp. 223-227)

 

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