Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Virgo Potens

Su verdadero nombre era Cristóbal Bonavino;  había nacido en Peli (Génova) el 27 de febrero de 1827. Entró en el seminario de Génova para seguir la carrera sacerdotal, aunque después de algún tiempo, deseando mayor perfección, pasó a la Pía Congregación de Sacerdotes Oblatos de San Alfonso María Ligorio, instituida en Bobio por Monseñor Gianelli.
A los cuatro años abandonó la Congregación, y como simple sacerdote se dedicó al estudio de los filósofos alemanes. No mucho después abandonó el sacerdocio, cambió su nombre e hizo profesión de racionalista, enseñando y publicando doctrinas condenadas por la Iglesia. La Universidad de Pávia y la Academia Científicoliteraria de Milán fueron especialmente el teatro de su impiedad.

Sin embargo, le alcanzó la gracia de Dios. Se retractó de sus errores en una obra titulada crítica, que publicó en tres volúmenes, y en la que se refuta a sí mismo.

Una carta póstuma suya escrita al Arzobispo de Génova, Monseñor Salvador Magnasco, atribuye a la Virgen su conversión. He aquí lo que dice textualmente:

<<Ahora, Monseñor, permítame que le diga una cosa, como si fuera en confesión, ya que estoy cierto que será muy grata a su corazón. En una carta del año pasado, V. E. hacía un llamamiento a la devoción que en el seminario tenía a la Vi. Es verdad, y fue uno de los más puros y santos afectos de mi juventud. Pues bien, sepa que a esta misma devoción debo yo el principio y cumplimiento de mi vuelta a Dios y a la Iglesia. La primera vez que torné a postrarme al pie del altar para hacer oración, fue en el pequeño santuario de Virgo Potens, o N.ª Sra. De la Misericordia. Allí después de tantos años, he vuelto a arrodillarme y a llorar ante Nuestra Señora, implorando su gracia, y pidiéndole fuerza para tornar sobre mis pasos, con lo cual volvió a renacer en mí aquella ternura filial que en otro tiempo sentía por nuestra Madre. Desde entonces fue siempre creciendo de día a día, y hoy puedo ya decirle que, como años atrás en el seminario, es la vida de mi vida. Así, al hecho que determinó, al menos remotamente, mi conversión, hallábase asociado en mi alma su grato recuerdo de V. E., aun antes de que pudiese yo ni siquiera imaginar que se reanudarían nuestras relaciones.>> (Milán, 27 de septiembre de 1889.)

               (La civiltà Cattolica, letr. X, 1 dic. 1898; PERARDI: La Virgen ;adre de Dios, Barcelona, 1923, p. 68.)

 

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