Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: María nos guardó

1918. La terrible mortandad de la gripe epidémica, que avanzaba haciendo estragos, llegó a España. Como fuego en rastrojo, se extendió por Santander, entrando en todas las casas, segando vidas, dejando rastro de lágrimas…

Recién nombrada Superiora de la Casa Montañesa, tuve temor de la gravedad de la situación, pues no tenía experiencia ni costumbre de nada…
Y, como siempre, acudí a la Santísima Virgen María, mi Madre: <<yo no sabré prevenir ni evitar… tú eres la Superiora de esta casa; conserva a estas hijas, Madre, que ninguna muera. Que el azote no entre aquí.>>

Esto le dije… Y en piadosa peregrinación nocturna, acompañada de la Madre Asistente, y evitando cuidadosamente ser vista, fui poniendo una imagen de la Señora en cada una de las puertas de la casa que tenían relación con el exterior. Las colocaba, rezábamos y terminábamos repitiendo: <<Madre, que no entre>>, creyendo firmemente que no entraría.

No entró. Ella, la dulcísima Madre, cerró la entrada, sellando las puertas con su imagen.

Se sucedían incesantes los casos mortales. Llegaron a quedar insepultos los cadáveres, po0r no haber brazos ni tiempo suficientes para darles sepultura…

Todas las casas que rodeaban la nuestra estaban invadidas y rendían a diario su tributo a la muerte…, pero ninguna en casa sufrió el más ligero catarro.

Y no solo eso. Ninguno de los que en casa entraban –capellán, monaguillos, etc.- tuvo síntoma de la terrible epidemia.

Fue nuestro convento en aquella ocasión el arca santa entre las aguas del diluvio.

 -¿Qué han  hecho ustedes? –nos preguntaban después-. ¿Qué tomaron? ¡Si no ha familia en Santander que no haya tenido una, dos y a veces más víctimas!

Pusimos nuestra confianza en la Virgen y Ella hizo lo demás.

 

MM. Reparadoras. Sevilla.

 

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