Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Sufro mucho

En el pueblo de Fresno de Riotirón, provincia de Burgos, vivía una familia humilde. Su hija, Florencia Blanco, de cinco años, comenzó a sentir fuertes dolores en la encía inferior. Los médicos le arrancaron una muela, creyendo que el dolor provenía de ella, pero los dolores no sólo no cedieron, sino que aumentaron. El hueso se careó; en el carrillo se le abrió un agujero, por donde arrojaba abundante pus. El médico le quemaba todos los días la herida, haciendo sufrir lo  indecible a la pobre niña; al fin confesó su impotencia y aconsejó a la madre que acudiera a un especialista. Pero los recursos económicos de la familia no llegaban para tanto, y la pobre madre lloraba en silencio, sin poder socorrer a su hijita.

Estando así las cosas, llegaron los Redentoristas a predicar la misión. Expusieron a la veneración de los fieles el cuadro del Perpetuo Socorro, hablando con entusiasmo de los prodigios realizados por esta Madre bondadosa.

Una mañana en que la pequeña Florencia no podía resistir ya los dolores, dice a su madre:
-Madre, vamos a la iglesia a rezar a la Virgen.
-Sí, hijita mía, vamos, porque Ella es la única que nos puede consolar.
Madre e hija se dirigieron a la iglesia. Una vez allí encendieron una vela y se pusieron a rezar. La niña, al sentir los dolores tan agudos, clava sus ojos azules en el cuadro del Perpetuo Socorro y, juntas sus manos ante el pecho, le dice con confianza infantil:
-¡Madre mía, cúrame, porque sufro mucho! ¡Quítame estos dolores!
No bien había pronunciado las últimas palabras, se vuelve a la madre.
-Madre, ya estoy curada. Mire, la venda se me cae.

La madre, loca de alegría, la llevó a casa. La examinó con cuidado y vió que la herida del carrillo estaba cicatrizada. El médico, después de examinarla detenidamente, y sin sospechar lo que pasaba, felicitó a la madre por haber acudido a tan buen especialista.

El señor Cura Párroco, al saberlo, mandó a la madre que lo contara a los Misioneros. El milagro se hizo del dominio público, como tal se tuvo la curación. Y las acciones de gracias ante la Virgen del Perpetuo Socorro fueron interrumpidas durante los días de la misión. Ella logró en un instante lo que los médicos no hubieran logrado en mucho tiempo.

Desde aquella fecha no volvió a sentir ningún dolor. Su vida se confundió con la de las demás niñas; pero sus labios se abrieron desde entonces con fervor para rezar a su Madre del Cielo.

 

(P. SARABIA: Las flores ed Mayo a N.ª del P.Socorro, 3.ª ed.Edit. El Perpetuo Socorro, 1941, pp. 126-28.)

 

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