Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Con la división azul

Y terminemos nuestro recorrido, más exactamente nuestra peregrinación, ante una imagen de la Virgen, cuya mención sorprenderá a más de uno de nuestros lectores. Acaso ya ni exista. Pero la historia es tan hermosa, que merece la pena de acercarse a aquel rincón de Alemania.

Era el verano de 1941. Millares de españoles habían abandonado su patria para combatir, con el entusiasmo que saben poner cuando de tan altos  valores se trata, en las estepas rusas. Pero antes la División tuvo que hacer un alto para instruirse y aprender a manejar el armamento alemán. El campo de instrucción a que fue destinada llevaba el nombre de Granfenwöhr.

Un domingo por la tarde, de los primeros que allí pasaron nuestros voluntarios, hizo sol, y ellos lo aprovecharon para correr de aquí para allá. Hicieron un descubrimiento.

Es un atardecer en un bosque de pinos –nos cuenta Víctor José Jiménez- bordeado por un riachuelo, con la atmósfera refrescada por las lluvias de estos días atrás. Subimos un poco, y de pronto, ante una plazoleta, con una fuente árabe en su centro, que me recuerda cualquier paraje de la Alhambra, una gruta se esconde en el fondo de unas rocas. Delante, unas velas apagadas;  a los lados, unos macetones de barro y cobre con cardenillo sostienen unas flores silvestres, lacias. Y dentro, medio escondida, una Virgen de Lourdes, hace su gran declaración: <<Je suis L’Immaculée Conception>>. A sus pies Bernardita.

El descubrimiento –en sí bastante vulgar- tuvo su repercusión en aquellos millones de hombres acuartelados. La noticia se extiende. Y todos a una, jefes, oficiales y soldados aprovechan ya en lo sucesivo cualquier momento libre para ir a desahogarse a los pies de aquella imagencita de la Virgen. Quienes lo presenciaron nos cuentan que poco después hizo falta establecer un turno para rezar ante la Imagen. Singular oración aquélla, hecha en castellano ante una Virgen que se apareció en Francia, y que se ofrecía con una inscripción en francés, en el centro de Alemania en guerra. Símbolo de la catolicidad que pasa por encima de todas las fronteras, aun erizadas por las bayonetas, y une a todos los pueblos en el amor a una misma Madre.

Comprendo que este santuario mariano, al que acabo de referirme, no tiene la grandiosidad de Lourdes, Fátima, El Sameiro. Pero no creo que ante nuestros lectores ceda en valor emocional. Centenares, miles y miles de muchachos españoles que se postraron ante aquella imagen no volvieron a pisar tierra natal. Yacen en humildes cementerios en aquella tierra rusa que ellos soñaron redimir. Y podemos imaginar que hasta allá, donde no puede llegarles el mustio recuerdo de unas flores, les llega, sin embargo, la agradecida sonrisa de la Virgen a la que como españoles, supieron honrar en aquella capillita alemana y como buenos cristianos supieron servir con sus vidas… y con sus heroicas muertes.

 

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA, Pbro.

 

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