Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: La Virgen de los soldados

He aquí una historia mariana, con airees de leyenda, vivida en el Batallón 7 de Lepanto, número 5, por los mismos que me la han referido.

Guarnecía este el célebre sector granadino de la Cuesta de las Cabezas.

Era el mes de agosto de 1937. Una sección de la tercera Compañía exploraba diariamente, en descubierta matinal, las márgenes del río Cubillas, desde el Colmenar de Niceto hasta el poblado de Caparacena. Un día se encuentra abandonada entre los zarzales la estatua diminuta de una Purísima que mide 50 centímetros de altura. La exponen en el Puesto de Mando; y desde aquella fecha melodías de coplas a la Virgen llenan constantemente las noches silenciosas. Al día siguiente ya adornan la imagen flores silvestres y la alumbran dos rústicas lámparas improvisadas por los soldados con latas de conserva.

El fervor de la Compañía por su Virgen sigue en aumento. Para la Inmaculada se prepara una fiesta solemnísima.

Después de los cultos solemnes en la iglesia, la Virgencita, que hasta aquí permanecía en el puesto de mando, es conducida procesionalmente por los soldados, entre cánticos, al alojamiento de la tropa. Como remate de la función se distribuye a los huéspedes y a la fuerza, una estampa de la Purísima, cuyo dorso, bajo el símbolo del Arma, lleva este título:

<<Recuerdo de la festividad de la Inmaculada Concepción, Patrona de la gloriosa Infantería española>>, Y esta oración: <<¡Virgen Purísima! No abandones el alma de los que muere en defensa de nuestra Patria, y acógelos bajo tu protección.>>

Ha sido un entronizamiento moral, y por eso, en adelante, sin nueva ceremonia, la Virgen ocupará la presidencia de la tercera Compañía en todas la peregrinaciones del Batallón por pueblos y trincheras. Allí estará como en santuario de familia, sin que le falte nunca ni las flores ni las lamparillas encendidas, ni los frecuentes cantos y rezos de salves y avemarías.

Tienen, sobre todo,  un formidable <<cantador>>: Como un ruiseñor se para a veces las noches casi en claro, empalmando requiebros y coplas divinas de romería.

Al fin de mayo del 38 las altas jerarquías castrenses distinguen al Batallón con el honor y el riesgo de pasar a pertenecer a la División 60, una de las nuevas grandes unidades maniobreras que se constituyen en el Ejército del Sur. Sierra Mesegara, Monterubio, Benquerencia, Vértice, Buitrera, cierre de la bolsa de la Serena, es la primera penetración triunfal de la Virgen, con el Batallón y con la 60 División en territorio enemigo. Tras una pausa de quince días entra en la Siberia extremeña, coopera a la conquista de la Sierra de los Tiros, empalme de Almorchón, sierra Almagrera, Cabeza del Buey y sierra de las Cabras, que culmina en la ocupación de los Agallares y pueblo de Zarza-Capilla.

Las bajas, hasta el presente, se cuentan con la mano. Sin embargo, una les ha pasado a todos el corazón: su Virgen trae la cabeza y el brazo partido…
La situación se ha vuelto ahora muy crítica; y la Virgen también se niega a la evacuación. Los rojos contraatacan para mellar o hacer saltar el cerco.

La madrugada del 30 de agosto logran los rojos poner pie en las posiciones más dominantes. Sobre la ventaja de la altura, y con el ímpetu que da el éxito, redoblan la presión con artillería, con un tren blindado y con un buen número de aviones. Una de las veces se encuentran 48 aparatos con los nacionales encima de nuestras posiciones. Con todo no han dado ya un paso adelante.

Son las seis de la tarde. El sol abraza los rostros; los fusiles queman en las manos; granadas y bombas convulsionan el suelo. La cortina de fuego de Lepanto, Oviedo y Requetés se hace más densa. Pero en una hondonada, concretada a veces entre dos fuegos, hay tres compañías que no tiran; dos son de Oviedo y, la otra, la tercera de Lepanto. El jefe de ésta, capitán Antonio Gonzales, en un compás de espera, dirige a los suyos una rápida arenga.

-Esos cerros  –grita- están regados con sangre de héroes. España os necesita, nuestra Virgen está aquí y vela por todos. Y si algunos sucumbimos, por Dios y por España, sea éste el último grito: ¡Viva España! ¡Viva la Virgen!

La aviación está contemplando el efecto de la artillería, con el último planchado del terreno. Los de Lepanto, y su capitán al frente, entre la cortina de humo, trepan hasta la cima. El enemigo trata de salvarse con la huída.

Ni una baja ha sufrido la Compañía en el asalto: y solo un muerto y dos heridos en la persecución de los que escapan, cubiertos por el fuego de las otras fuerzas.

Esta misma noche, al reunirse para recibirse la felicitación que les transmite el coronel de la División, dan gracias a María, y rezan, según su piadosa costumbre, siempre que tienen una baja, por el hermano que coronó su triunfo con el grito de España y la Virgen en los labios.

Su fiel protectora los sigue acompañando; y en azares todavía mayores ha de concederles nuevos días de gloria.

Terminada la guerra la llevarán en peregrinación por la España excautiva, pregonando y robusteciendo su fe y su agradecimiento, y reavivando en los pueblos andaluces y levantinos el espíritu mariano, tan entrañado en nuestra historia.

Colocada durante el mes de mayo en la Parroquia del Viso de los Pedroches, la <<Virgen de los Soldados>>, según la apellida la gente, sonreirá ante la competencia entre aquellos y el pueblo por superarse en las visitas y en las ofrendas de flores y luces.

Hoy, disuelto el batallón, guarda su Virgen como preciosa reliquia el que fue  capitán de la tercera compañía, don Antonio González.

 

(J. González, S.I.: Paz en guerra. Cádiz, 1943, pp. 155-159.)

 

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