Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: La hermosa señora de los Tibetanos

Montañas y más montañas… Nieves y glaciares… A la vista, la muralla tras la cual se esconde el misterioso Tibet… Pocos europeos han tenido el valor de adentrarse… de franquear sus murallas… Algunos exploradores, comerciantes y misioneros también… Conquistar para Jesucristo ese corazón de Asia… ¡Que maravilloso sueño! .. Sin embargo, ninguno ha podido aún fijar allí su residencia.

Los habitantes de ese enigmático país son robustos y buenos, aunque a veces se truecan en ladrones… Cabeza dura y buen corazón…
Los Misioneros pudieron establecerse por algún tiempo en Ta-Tsien-Fou, puerta de gran Tibet, en el corazón mismo de la montaña.

He aquí la historia que nos contó una anciana Misionera de aquellas tierras:
Una buena mujer tibetana tenía un hermoso niño de dos años. Viéndolo muy enfermo se llegó hasta Ta-Tsien-Fou, para que se lo vieran los  <<Lamas>>, suerte de monjes budistas. Multiplicaron éstos los encantamientos y sortilegios sobre el niño, pero no mejoró, naturalmente, al contrario…

La pobre mujer importunó tanto a los <<Lamas>>, que le declararon al fin:

-No hay nada que hacer: El niño debe morir.
A pesar de todo el respeto que profesaba a la voz de los espíritus, el amor le habló más fuerte:
-Pues bien -dijo-, iré a ver a las religiosas blancas…

La tibetana llegó al dispensario, seguida de sus parientes y amigos, un verdadero desfile… Pone suavemente al niño sobre la mesa y cuenta su historia…

El pequeño apenas respiraba ya. Declaramos a la pobre mujer nuestra impotencia para salvarlo… Pero ella, postrándose a nuestros pies, suplica:
-Debes salvarlo, debes salvarlo.

Todos los tibetanos repiten como un eco: <<Debes salvarlo, debes salvarlo.>>

¿Cómo poner fin a esta escena?...


De pronto, una idea:

-Yo no puedo hacer nada para salvar a tu hijo, pero la Madre de Nuestro Dios es muy buena y poderosa, quiere mucho a los niños y a todos los tibetanos; llévale el tuyo, que Ella te lo puede curar…

La buena mujer no se hizo repetir dos veces… Cogió el niño y:

-Pronto, pronto –dijo-, conducidme a esa Señora.

Nuestro criado, tibetano también, la acompañó a la capilla, en la que se encontraba una hermosa estatua de la Virgen de Lourdes.

Por supuesto, todos los tibetanos corrieron detrás de la mujer… Esta presenta su criaturita, ya casi cadáver, a la Virgen, llora y reza:

-Hermosa señora, si tú sabes lo que es ver morir a un hijo, devuélveme el mío.

Su fe es total, su deseo ardiente… Todos los presentes hacen eco a su plegaria.

¿Podía la Santísima Virgen resistir a tal súplica?... El niño abre los ojos y sonríe a la Señora… Esa sonrisa yo no la vi, pero lo que todo el mundo pudo ver fueron los transportes de alegría de la madre y al niño, lleno de vida, en sus brazos.

Al día siguiente volvió, y con ella, esta vez, el pueblo entero, para dar gracias a la hermosa Señora y ofrecerle, según la usanza tibetana, un pañuelo de seda.

Se repartieron luego catecismos, pues todos se declararon dispuestos a instruirse en la religión que tenía una Madre tan poderosa y tan buena. La primera oración que aprendieron fue, naturalmente, el Avemaría.
Esperamos que la Virgen completará su obra y transformará a su pequeño protegido en un fervoroso católico, y, más tarde, en un apóstol de sus hermanos.

 

(La Maman de tous, Franciscanas Misioneras de María. Vanves (Seine), 1952, p. 11.)

 

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