Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Perdido en la sierra de Gredos

 

En el marco impresionante de la Sierra de Gredos, y a los pies del colocal Almanzor, se instalaron las tiendas del campamento <<Hogar del Empleado>>, que funcionó desde fines de junio hasta mediados de agosto de 1954, y acogió a la juventud más sana y alegre de las Empresas y Bancos de Madrid.

Un día, después de la marcha correspondiente, volvimos todos al circo. Baño insuperable. A las seis comenzaban las reuniones; por un lado los jefes de escuadra, y por otro los escuadristas.

El jefe no había vuelto.

Todos pensamos lo mismo, pero queríamos engañarnos. Por esas rocas inverosímiles es facilísimo despeñarse. En el mejor de los casos se habría roto una pierna. La noche se echaba encima, y si aún vivía, el frío de la noche acabaría con él, pues iba en camisa.

A las siete no pudimos mantener más los nervios, y en un momento se tomó la decisión. Cargamos con ropa de abrigo, mantas, cuerdas, faroles, linternas y alimentos, y nos echamos al monte los jefes de escuadra y un par de padres.

Solamente un jefe tuvo que quedarse, y quedó llorando de rabia. Una piedra le había lastimado un tobillo en la marcha y no podía seguirnos.

Todos hubieran querido marchar, pues el jefe era queridísimo de todos; magnífico elemento del Hogar; joven y con tres hijos. Pero se necesitaban buenos montañeros para no multiplicar las desgracias.

El P. Morales, en un primer momento, juzgando que su vista, más que ayudarnos, sería un impedimento, decidió quedarse rezando. Pero, al acabar el primer rosario, se lanzó también al monte, con un chico.

En el campamento intentaba dirigir el rosario el Jefe provisional. La emoción cortaba con frecuencia en él y en los otros las palabras.

Nosotros nos olvidamos de que estábamos cansados, y en pocos minutos remontamos el Circo. Allí había que dividirse. Damos todos juntos un último grito llamando al jefe por su nombre, que fue rebotando por los paredones, y varias veces escuchamos el eco nítido de nuestra voz. Después, nada.

Un padre señaló varios grupos, les dividió el sector de sierra en que suponíamos se encontraría, y después de adoptar una consigna para avisar en caso de encontrarle, nos dividimos.

A mí me tocó el sector central. Llegamos a una grieta peligrosa.  Prohibí bajar por ella a los muchachos y me lancé por allí. Llegué, sin cesar de llamar al jefe desaparecido, a un sitio casi imposible de bajar. Llamé allí de nuevo y escuché una respuesta apagada.

Fue una emoción formidable. Repetí la llamada y volví a escuchar la respuesta.

Con potente voz di la consigna a pleno pulmón. Retumbó por la sierra y fue encendiendo altares a María. Pues los otros grupos de búsqueda, en cuanto lo oyeron, sintieron un estremecimiento de alegría y prorrumpieron en Salves a la Señora, que hicieron cantar a todas estas formidables rocas de los circos.

No había duda: vivía. ¿Pero cómo se encontraría? Creí verlo en el fondo del barranco, y me lancé en su ayuda. Medí mal la altura de una peña y quedé colgado de una mano sobre el vacío.

Al caer de la noche, entrábamos en el campamento, con el jefe, reanimado, tras un día entero perdido y sin comer.

Todos volvíamos sanos cantando a María. Le rezamos con fe y la Virgen lo arregló de la mejor manera.

Era el primer sábado de agosto de 1954.

 

                JAIME GARRAALDA, S.I. Cartuja (Granada))

 

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