Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Martín Alonso de Tamayo

 

El 31 de agosto de 1526 se hallaba Carlos V en Ingostad con un ejército de 22.000 hombres frente a otro algo mayor de protestantes. Por una hábil estratagema, que le dio excelentes resultados, había permanecido el Emperador durante varios días aguantando el fuego de las fuerzas enemigas, sin permitir a los soldados que rompieran la acción. En el foso estaban colocadas, para contener la caballería enemiga, unas compañías de arcabuceros españoles, que se abrasaban en ansias de pelear.

Martín Alonso de Tamayo, al ver a un protestante de gigantesca estatura, que insultaba a su religión y a María, retándoles a pelea, no se pudo contener, y atropellando con la disciplina militar, dijo a sus camaradas:

"Aunque me cueste la vida, he de enseñar a ese soberbio alemán quiénes somos los españoles", y suelta el arcabuz, toma una pica, y, medio arrastrándose por el suelo, va hacia el hereje, queriendo vengar la honra de María. En vano cuentan que le mandó llamar Carlos V, avisado por el centinela. Martín Alonso se hace el sordo y llega hasta el hereje, y arrodillándose reza tres Avemarías. Pensando el alemán que ora por miedo, se mofa de él. Pero el David castellano se levanta, enristra su pica y se apercibe al combate. Tres veces se embisten con empuje, mas a la tercera, el soldado de María introduce su pica por la gorguera del hereje, le derriba en tierra, le despoja  de su espada, y con ella le corta la cabeza. Cuando vuelve triunfante a su campo, con la bolsa, la espada y la cabeza del enemigo de María en la mano, el emperador manda se confiese, para que le corten la suya. Y la Virgen Santísima le libra de este peligro ante la intercesión de los Maestres de Campo y la súplica de todo el ejército.

                (C. ARBELOA: Sábados populares, vol. I, p. 31.)

 

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