Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Estrella del mar

San Juan Bosco nos cuenta la intervención de la Virgen en la vida de los hombres, con su célebre sueño de la inundación:

     <<Me parecía encontrarme en un lugar muy parecido a Castelnouvo de Asti, con una gran llanura delante. Los jóvenes se recreaban alegremente en un inmenso prado, cuando, de improviso, se ve un gran aluvión de agua por todas partes, siempre en aumento y avanzando hacia nosotros. El Po desbordó sus cauces e inmensos y desoladores torrentes se despeñaban por todos lados.


   Nosotros, aterrorizados, corrimos a refugiarnos en un gran molino, que se alzaba, aislado y provisto de grandes muros, como si fuese una fortaleza.

Yo me paré en medio del patio, rodeado de mis queridos jóvenes, consternados. Las aguas comenzaron a penetrar también allí, y nos vimos obligados a entrar dentro y subir a las habitaciones superiores.


     Desde las ventanas se veía la extensión del desastre… Perdida toda humana esperanza de salvarnos, comencé a animar a mis jóvenes, diciéndoles que se pusiesen con plena confianza en las manos de Dios y en los brazos de nuestra querida Madre María.


     El agua había ya llegado al nivel del último piso. Crecía el espanto y no veíamos otra salvación que refugiarnos en una grandísima balsa, con forma de nave, aparecida en aquel instante, y que flotaba cerca de nosotros.


Todos, respirando afanosamente, queríamos refugiarnos cuanto antes en ella, pero ninguno se atrevía, porque se interponía un muro, sobresaliente un poco del nivel de las aguas. Sólo había un medio para superar el obstáculo u era un tronco largo y estrecho; pero era muy difícil el paso, puesto que el tronco, apoyándose por una extremidad en la barca, se movía, siguiendo el cabeceo de la misma barca, agitada por las olas.


     Haciéndome el valiente, pasé el primero; y tras de mí, algunos sacerdotes; y para facilitar el embarque a los jóvenes y tranquilizarlos, ordené a los clérigos y los sacerdotes que desde el molino asegurasen un poco al que partía, y desde la barca diesen una mano al que llegaba…


Cuando estuvieron todos en la barca, no sabiendo si saldríamos con bien de aquel peligro, me puse al frente como capitán y dije a los jóvenes:


-María es la Estrella del Mar. Ella no abandona al que en Ella confía; pongámonos todos bajo su manto. Ella nos librará de los peligros y nos guiará a puerto seguro.


     Así, pues, abandonamos la nave a las olas: flotaba estupendamente, alejándose de aquel lugar… <<¡Ánimo –grité-, María no nos abandonará!>> Todos juntos y de corazón, rezamos actos de fe, esperanza, caridad y contrición, algunos Padrenuestros y Avemarías, y la Salve Regina; después, de rodillas, agarrados de la mano, rezaba cada uno sus oraciones particulares. Sin embargo, algunos insensatos, indiferentes a aquel peligro, como si nada hubiese pasado, puestos en pie y moviéndose daban vueltas de un lado a otro, con grandes carcajadas y riéndose de la postura suplicante de sus compañeros. De improviso se agita la nave, gira con rapidez sobre sí misma y un viento furioso arroja a las olas a aquellos desgraciados. Eran 30, y siendo el agua profunda no se les volvió a ver. Nosotros entonamos a la Salve Regina, y más que nunca invocamos de corazón la protección de la Estrella del mar.


     Sobrevino la calma. Pero la nave, como si fuese un pez, continuaba avanzando, sin que supiésemos a dónde nos llevaría. A bordo hervía continuamente, y en varias formas de salvamento. Se hacía todo para impedir que los jóvenes cayesen al agua y para salvar a los caídos. Porque había unos que asomándose incautamente por la borda, caían al lago, y había algunos tan perversos y crueles, que llamando a sus compañeros hacia el borde, de un empujón echaban a bajo.

<<…La noche se hizo oscura y lóbrega: en lontananza se oían gritos desgarradores de los que perecían. Naufragaron todos. Oí esta voz:
In mare mundi cadunt omnes illi quo non suscipit navis ista. Comprendí que se hablaba de la nave de María Santísima.


     El número de mis Jóvenes había quedado muy disminuido; yo muy apenado, pero confiando en la Virgen. Después de toda un anoche tenebrosa, la nave entró en una especie de estrecho muy angosto, entre las orillas cenagosas, cubiertas de matorrales y grandes astillas, guijarros, palos y tableros destrozados, antenas y remos. En torno de la barca se veía tarántulas, sapos, serpientes y dragones, cocodrilos, escalos, víboras y otros mil animales asquerosos.


      Nosotros, compadeciendo la triste suerte y desgraciado fin de nuestros compañeros, abandonados en aquel lugar, nos pusimos a cantar: Load a María, en acción de gracias a la gran Madre del Cielo, por habernos protegido hasta entonces. En aquel momento, como a una orden de María, cesó la furia del viento, con una facilidad que no es posible describir. Parecía que avanzaba al solo impulso que le daban, jugando, los jóvenes, echando hacia atrás el agua con la palma de la mano. Y he aquí que aparece en el cielo un arco iris más maravillosos y bello que la aurora boreal. En él leímos escrito, con caracteres de luz, la palabra Medoum, sin que  entendiésemos su significado. A mí me parece, sin embargo, que cada letra, tal vez, se la inicial de estas palabras:


     Mater et Domina omnis Universi Maria: María y Señora de todo el universo.


     Después de un largo trecho de viaje, aparece tierra al fondo del horizonte, la cual, acercándose paulinamente, despertaba en nuestro corazón una alegría inexplicable. Aquella tierra amenísima por los bosques que tenía, con toda clase de árboles, presentaba un panorama encantador, porque estaba iluminada por la luz del sol, que nacía a espaldas de sus colinas. Era una luz que brillaba inefablemente tranquila, semejante a la de una espléndida tarde de verano, infundiendo en nuestro corazón el sentimiento de tranquilidad y paz…


En medio de aquella bellísima viña se levantaba un gran castillo rodeado de un delicioso jardín con muros muy fuertes. Nos dirigimos hacia él para visitarlo y se nos permitió entrar. Estábamos cansados y hambrientos, y en el amplio salón, todo él adornado de oro, estaba preparada para nosotros una gran mesa con toda clase de manjares… En medio de un gran templo se alzaba sobre una rica y grande base, una magnífica estatua que representaba a María Auxiliadora.  Llamando a muchos jóvenes que se habían esparcido por distintos sitios para admirare la belleza del edificio, todos nos reunimos delante de aquella estatua para dar gracias a la Virgen por tantos favores como nos había concedido. Entonces me di cuenta de la inmensidad de aquella iglesia, porque todos aquellos miles de jóvenes parecían un pequeño grupo insignificante, en el centro de ella.


     Mientras los jóvenes estaban contemplando esa estatua de hermosura celestial, de pronto parece que se anima y sonríe. Murmullos y conmoción entre los jóvenes… Y la Virgen abrió su boca, y con voz argentina nos decía:


-Si vosotros sois para mí hijos devotos, yo seré para vosotros Madre piadosa.

     A estas palabras todos caímos de rodillas y entonamos el canto Load a María. Esta  armonía era tan fuerte y al mismo tiempo tan suave, que, oprimido por ella, me desperté, y así terminó la visión.

 

              (S. Juan Bosco :Biografía y escritos. B.A.C., pp. 623-630.)

 

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