Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Aquí hay algo… El comunista convertido

Era obrero y natural de oporto. No era malo de suyo, ni por su primera educación; pero la influencia de agentes comunistas le había transformado completamente. Abandonó los deberes religiosos, se encolerizaba si sus familiares los practicaban, destrozaba todo objeto de devoción que cayese en sus manos. Jamás entraba en una iglesia; frecuentaba las tabernas, donde malgastaba el domingo por la tarde cuanto había ganado durante la semana.


     Consecuencia fatal: en casa, ruina y miseria, que la mujer no solo debía soportar, sino también pagar a caro precio, cuando el marido volvía en ayunas del trabajo o borracho de la taberna.


     Vivía cercana a una familia respetable, con la cual tenían relaciones de buenos vecinos. Sucedió que enfermó gravemente una hija, de modo que la desahuciaron los médicos. En tal tribulación ella se encomendó a la Virgen de Fátima y se halló repentinamente curada.


     Cuando el obrero la encontró por la calle, no pudo reprimir su admiración:
     -¿Todavía con vida?
     -¿Usted me creía ya en el otro mundo?
     -Me habían dicho que los médicos la habían desahuciado, que era cosa de horas…
     -He estado verdaderamente muy grave; pero la Virgen ha hecho lo que no podían hacer los médicos. Pasado mañana iré a Fátima a darle las gracias a la Virgen.
     -Y bien tiene por qué. Se dice que esa Fátima… no son más que patrañas clericales… Pero… no; aquí hay algo.
     La jovencita, viéndole emocionado, aprovechó la ocasión:
     -Si yo le pido un favor, ¿me lo hará usted?
     -Ciertamente, pues es usted quien me lo pide.
     -Piénselo bien y luego no se vuelva atrás.
     -Sí; lo he prometido y no retiro mi palabra.
     -Entonces debe venir conmigo a Fátima.
     -Le diré la verdad… Pídame otra cosa cualquiera…
     -No, señor; ha dado su palabra. Y toda promesa es una deuda.
     -¡Bueno! Pues ya que lo he prometido, iré.
     Vuelto a casa, contó a su mujer lo ocurrido.
     -¿Sabes? Pasado mañana vamos a Fátima.
     -No comiences con tus despropósitos… Con estas cosas no se juega.
     -No va de broma. Lo he prometido esta tarde a la señorita F. Hay que preparar el viaje.


     Y fueron a Fátima.


     Aquel gentío enorme, ordenado, devoto, tan diverso de las reuniones a las que solía asistir. Lo que sintió durante la adoración nocturna y sobretodo el fervor con que cantaban y rezaban aquellas decenas de miles de personas le impresionaron profundamente.


     -Realmente, aquí hay algo… -repetía.


     La admiración subió de punto al día siguiente. En la procesión con la milagrosa imagen el entusiasmo de aquellos 200.000 corazones que aclamaban a la Santísima Virgen, llegó a conmoverle a él también, de suerte que con un movimiento instintivo, tomó el pañuelo y estaba por extender el brazo para saludarla… Pero le contuvo un resto de respeto humano. Se limitó a enjugarse ocultamente las lágrimas que, sin quererlo, le caían de los ojos.


     -¡Bien! ¿Qué le parece todo esto?
     -Realmente, aquí hay algo…


     No se confesó, no sé si rezó; pero en el viaje de vuelta estaba pensativo, y pensativo se mostró los dos días siguientes, durante los cuales no armó ningún escándalo, como solía, cuando estaba de mal humor. El sábado siguiente, en vez de ir a la taberna, se fue a la catedral y buscó un sacerdote.


     -Señor cura, deseo hablarle.
     El sacerdote le mira de arriba abajo y le dice:
     -Venga a la sacristía. Allí estaremos con más libertad.
     -Me agradó: me entendió al momento –decía más tarde, contando sus impresiones.
     -Se confesó con las mejores disposiciones y quedó tan contento como si le hubieran quitado un enorme peso del corazón.


     Cuando media hora después, vuelto a casa, notificaba a la familia lo sucedido invitándoles a rezar el Rosario y a ir a comulgar todos juntos al día siguiente, no se puede describir la admiración, la alegría de todos,  y como se deshacían en acciones de gracias a la Virgen.


     El mes siguiente volvieron a Fátima, para agradecer nuevamente a  Nª Sra., y hablaron con todo el que los quería escuchar sobre su felicidad.


     Desde entonces en aquella casa reinó el bienestar. La mayor distracción del padre era entretenerse con sus hijitos, con los cuales pasaba las horas más felices después del trabajo y los días festivos.

 

              (Facundo Jiménez: El sello divino en Fátima, Bilbao, 1954, p.93.)

 

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