Virgen María Madre de Dios

 

Milagro:BAJO LAS GARRAS DEL LEOPARDO

 

Llegó un día corriendo hacia mí un negrito del Congo, con los ojos brillantes de ansiedad:

-Madre, el nikoi (leopardo), el nikoi…

Me apresuro… Alrededor del dispensario se apiñaba una multitud de cabezas negras. Cada uno quiere ser el primero en ver lo que pasa.

Al fin descubro a una pobre anciana, apoyada en un bastón, que avanza penosamente.

Al amanecer, Zingha, aún catecúmena, después de haber hecho acopio de valor en la Misión, había salido para ir a trabajar a un campo de manioc, bastante lejos de allí, a la entrada de la selva. Hacia el mediodía se le fueron cerrando los ojos por el cansancio, hasta quedar profundamente dormida al pie de un árbol.

De repente sintió que la apresaban fuertes garras, mientras pesaba sobre su rostro el aliento cálido de una fiera. Era el huésped de los bosques, el leopardo… Los ojos llameantes del animal despedían relámpagos, sus uñas abrían surcos en las carnes de su presa. ¿Qué iba a ser de la pobre vieja sin fuerzas y sin defensa?

Un momento más y… todo se habría acabado.

No, no estaba perdida, María velaba sobre ella; llevaba al cuello una medalla de la Virgen. Lanza un grito:

-María, mama Wangay, Dios te salve, María, mi madre… Mama olosambelo nagay, rogad por mí, María…

En aquel momento, sin saber por qué, el leopardo abandona su presa y huye a través de la selva con un grito sordo.

Entonces, la pobre víctima, libre ya, pide socorro con las fuerzas que le quedan.

Algunos negros que trabajan en los alrededores acuden y encuentran a la pobre mujer tendida en el suelo, empapada en sangre, que le brota abundante de anchas heridas en la frente, el hombro y la nuca. No había perdido el conocimiento y bendecía a la Virgen Santísima, que la había salvado.

Los negros se unieron a la acción de gracias, le hicieron algunas curas a su alcance y la trajeron al dispensario.

Grande había sido la conmoción sufrida por la pobre anciana, y aún temblaba al contarme lo sucedido… A cuantos le preguntaban cómo había podido salir con vida de las garras del leopardo, no se cansaba de contestar:

-Invoqué a mi Madre del Cielo y la fiera huyó.

 

                 [La Maman de tous, Franciscanas Misioneras de María, Vanves (Seine), 1952, p. 7.]

 

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