Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: CONVERSIÓN DE UNA APÓSTATA

En un rincón de la Misión una anciana se encuentra enferma de muerte. Bautizada. Pero apóstata con escándalo de todo el pueblo. El misionero no se resigna a perder esta alma y prepara el camino del perdón. Primero irá el catequista para que la exhorte al arrepentimiento. Medida inútil. La enferma se niega a oír hablar de Dios y del misionero. Su estado se agrava y su obstinación crece.

Cierto día el misionero regresa de un pueblo vecino, donde han celebrado el cumplimiento pascual. Ha de pasar de pasar por la casa de la apóstata. Se detiene ante la puerta. Entra con resolución. La reacción de la anciana es como la de una posesa.

-Vengo a recordarle que usted recibió un día el bautismo y que Dios la quiere perdonar.

Con las manos encrespadas rechaza al misionero, gritándole:

-¡Que no, que no! Déjeme, no quiero salvarme.

El misionero marcha con el alma destrozada, pero con la resolución de volver. La oración y la penitencia la convertirán. El camino es silencioso. El catequista, apenado,  murmura:

-Padre, esta desgraciada me parece que ya está empaquetada para el Infierno.

-No, eso no será así. Volvamos otra vez. Pero con un arma de la que nos olvidamos antes: recemos un avemaría.

Desandan el camino y se aproximan a la casa. Teología y oratoria han fracasado hace poco. Ahora se pone a prueba la eficacia de una plegaría a la Virgen, a favor de un alma, camino del Infierno.

Han entrado en la habitación. La anciana, que ha sufrido un nuevo ataque, parece ya cadáver; no tiene fuerzas para revelarse o es que Dios no se lo permite. Sus hijos, igualmente apóstatas, han sido fieles colaboradores en arrojar de la casa al misionero y al catequista. Ahora se sienten movidos por la Virgen; dejan hacer al misionero y hasta le ayudan.

Comenzó entonces la preparación de la moribunda. Había perdido ya la facultad de hablar y fue difícil hacerse entender. Al fin, con alguna señal de arrepentimiento pudo ser absuelta de sus pecados. Restaurada la vida de la gracia, se la invita a recibir la Extremaunción. Un nuevo movimiento de cabeza es el acepto complaciente de la enferma. Toda la vecindad se admira del cambio producido en brevísimos instantes. No ignoran que apenas media hora antes ha rechazado brutalmente a ese mismo misionero que argumentaba y rogaba. Ahora, sin disputas ni razones, acepta gustosa cuanto le insinúa ese mismo misionero.

La ceremonia religiosa se dispone con solemnidad improvisada. En medio del keting o sala de visitas yace la enferma. En su derredor, toda la vecindad pagana. Cerca del lecho los hijos; el catequista ayuda al sacerdote, que va ungiendo a la antigua apóstata. Ella misma presenta con ansia las manos para la Unción. Aún hay más. El misionero quiere que la Virgen esté presente de un modo más explícito, y decide imponerle el Santo Escapulario. La anciana se muestra complacida, y la Virgen toma bajo su custodia el alma que Ella misma ha salvado.

Para concluir, transcribo las palabras del misionero:

<<Yo me complazco en pensar con las almas sencillas y devotas, que si esto es lo que llamamos milagro de la gracia, en la Virgen esto es no es en favor de un alma. He sentido como si la Virgen me dijera: Pero hijo, ¿por qué te extrañas?>>.

                                 (El Siglo de las Misiones, num. 214, octubre 1.931, p. 310.)

 

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