Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: LA GRAN SEÑORA MISERICORDIOSA

Era en el jardín de la casa central Misión de Anking. Un joven jesuita mexicano de los que fueron a China para ayudar a sus hermanos españoles, paseaba por el espacioso parque, absorto en su estudio de la lengua china.

De pronto ve a un ancianito chino, cubierto de andrajos que, arrastrándose penosamente, se acerca a la estatua de la Virgen Inmaculada y arrodillándose ante Ella empieza a invocarla a grandes voces.

-¡Gran Señora Misericordiosa, ten piedad de mi, que me muero de hambre! ¡Señora Misericordiosa, dame arroz! Dicen que eres toda bondad y misericordia, ¡ayúdame en este trance! ¡Tan solo unas sapecas, Gran Señora!

¡Pobrecito! Aquellas súplicas partían el alma. Y eran súplicas de un pagano que ya antes había invocado en vano a sus Pusas (ídolos), y ahora venía lleno de confianza a abrir su corazón a la Virgen santa y buena de los cristianos.

El joven misionero, testigo de aquella escena conmovedora, hubiera querido remediar al instante aquella necesidad dándole una piastra (el “duro” -euro- chino), pero ni una sapeca tenía en el bolsillo.

Como supremo recurso acude al Padre Rector, pidiéndole, por favor, una limosna para aquel ancianito que en su desgracia se había acordado de la Virgen de los cristianos. Pero la bolsa del Superior estaba también vacía, y una preocupación angustiosa atormentaba su alma. ¿Qué sería de los huerfanitos que tenía recogidos en el orfanotrofio de la Misión y a los que pronto ya no tendría más que darles de comer?

El pensamiento de Dios Padre próvido que alimenta a los pájaros del campo le aseguraba con la certeza de la fe que no abandonaría a sus hijos. Con este pensamiento confortante, dilatado su corazón quiso atender a la súplica del joven mexicano,  y sacando su portamonedas, vació en sus manos todo su contenido –diez sapecas-. Pero viendo que era tan poco añadió:

-Espere usted, que creo que en este cajoncito debe de haber algo más.

Y, en efecto, buscando entre sus rincones, pudo reunir otras sapecas, total 10 más.

Con las veinte perillas en la mano corrió el joven al jardín. El anciano seguía aún arrodillado ante la estatua de la Virgen.

-Abuelito –le dice suavemente-, mira, aquí hay un poco de dinero para arroz.

Con un gesto de grata sorpresa, nuestro hombre toma en sus descarnadas manos las sapecas, las mira y remira, y luego, despacito, se pone a contarlas, una por una, al terminar su cálculo, una sonrisa de incendie alegría se dibujo en su rostro.

-¡Oh! –exclamo-. ¡La Gran Señora Misericordiosa me ha oído! Yo le pedía 20 sapecas, y ya ves, Shiangkong, 20 exactamente acabas de darme.

<<Jamás podré olvidar-escribe el jesuita mexicano-la expresión de inmensa pura gratitud de los ojos de aquel anciano, todavía llenos de lágrimas.>>

Desde aquel día el ancianito ha vuelto muchas veces a visitar agradecido a la Virgen buena de los cristianos. Ha recibido de ella el don inapreciable de la fe, y hoy es ferviente cristiano.

 

                                      (El Siglo de las Misiones, num. 360, diciembre 1945, p. 477.)

 

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