Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: LA INMACULADA Y EL REY DE LOS CAFRES

El padre Silveira se dirigía hacia Monomotapa, resuelto a reducir este gran rey, emperador de los cafres. Durante el largo y penoso viaje el santo misionero redobló las oraciones y sacrificios en honor de N.ª Sra.. Hubo de recorrer su camino a pie,  cargado de un grueso paquete conteniendo todos los ornamentos, su cáliz, breviario, y algunos otros libros. Cruzo en este estado montañas, atravesó torrentes y jarales. Por fin,  llegó a la presencia del rey y fue recibido muy cortésmente. La mañana de su llegada celebró en su choza el santo sacrificio de la Misa. Su única joya era un hermoso cuadro de la Inmaculada Concepción. La dulce majestad de la Virgen atrajo enseguida la admiración de los pobres paganos. Muchos incluso se atrevieron a acudir al rey hablándole de <<la mujer de una hermosura admirable que el blanco tenía guardada en su cabaña>>.

Mucho menos era necesario para picar al vivo la curiosidad del bárbaro. Inmediatamente pidió verla. El Padre Silveira, advertido,  envuelve el lienzo en un velo de seda. Lo lleva al palacio con gran pompa. Ya a solas con el rey, el apóstol le dice.

- Antes de mostrároslo, déjame enseñaros cual es su dignidad y la veneración que merece.

Después de haberle explicado los principales artículos de la fe, la grandeza y bondad de la Reina del Cielo, descubriendo la tela maravillosa, arrodillándose,  la venera profundamente.

A la vista de la virginal y serena hermosura, el rey enmudece de admiración. Cae de rodillas, al lado del misionero y promete no levantarse hasta haber recibido la seguridad de que la imagen sería suya, al menos por unos días. Ya en su poder el precioso lienzo, la Virgen quiso acabar en persona la obra de conversión comenzada por su imagen. Durante tres noches consecutivas dicen que se apareció al príncipe acompañada de un magnifico cortejo. Las palabras empleadas por la Virgen eran, a propósito, incomprensibles a los oídos del bárbaro. Inquieto,  pidió la explicación de sus sueños.

La Madre de Dios te habla en lenguaje del Cielo. Para comprenderlo se debe ser cristiano. En tu mano está merecer este favor recibiendo el Bautismo.

Tras dos días de madura y atenta reflexión pidió al Padre Silveira: Instrúyame. De ahora en adelante quiero ser cristiano.

El 25 de enero de 1.561 el apóstol derramaba las aguas bautismales sobre la cabeza del rey y 300 de los principales de la nación.

                           (P. Drive: María y la Compañía de Jesús, Tortosa, 1.916, pp. 111-113; Monumenta Ignaciana, t. IV, c. 3; t. II, p. 493.)

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