Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Te lo ofrezco incondicionalmente

En Cullera (Valencia). Era la noche agobiante del  20 de julio de 1934. El doctor Martínez había cerrado la puerta con un adiós de impotencia. Se acercaba la muerte. Yo era caso un cadáver: <<Los ojos vidriados –dice mi padre-, la piel cenicienta, insensible a todo.>> Mi padre había quedado solo con su angustia, junto a mí, delante de una imagen de la Milagrosa. Se puso de rodillas. Sus palabras salían alborotadas por la emoción  y la pena: <<Madre mía, sálvalo. Tú solamente puedes hacerlo, y te lo ofrezco incondicionalmente.>>

Él y mi madre tomaron una decisión desesperada; ella, con los ojos enrojecidos por el llanto, pero serenos por la confianza.

Envuelven mi cuerpo rígido en una sábana mojada en agua fría, anudándole en un extremo una medalla de la Señora Milagrosa. Mientras, una plegaria ardiente insiste, confiada: ¡Señora… Cúralo!...

Inmediatamente empecé a mover brazos y piernas, que hacía varios días tenían la rigidez de la muerte; mis ojos <<vidriados>> seguían los movimientos de una cerilla encendida; tenía sensibilidad; me quejaba; vivía… La fiebre había bajado a 37,4 grados.

Hoy soy jesuita y misionero del Japón. Mi padre me había ofrecido <<incondicionalmente>>, y la Virgen aceptó…  

          MANUEL GUILLÉN SELFA, S.I. 
Japón, 1955

 

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