Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: ¡Envenenado!

El 16 de mayo a las once de la noche, después de cenar, comentábamos mi mujer y yo la muerte de un ser querido.

-¿Cómo crees Maruja, que reaccionaríamos ante pruebas semejantes?

Mi mujer hablaba con la mayor naturalidad.

-Dios nos daría fuerzas. ¿Acaso no las envía El para purificarnos y santificarnos?

En este momento se oye un ruido sordo, como si hubiera caído algún chico en los dormitorios. Maruja se había levantado:

-Tal vez es el pequeño que se ha caído de la cuna.

Pero pasa el tiempo, y mi mujer sin volver. Entonces salgo yo a su encuentro, y observo que está con Fernando, que tiene seis años. Se había caído de la cuna y estaba profundamente dormido. A mí me causa muy mala impresión:
-Maruja, ¿qué es lo que tiene? El chico no está durmiendo. A ver si va a ser… una conmoción cerebral. La caída, sin embargo, ha sido de poca altura.

Yo me quedé muy preocupado. No sabía qué hacer. De pronto Maruja deja al niño y se inclina para recoger no se qué cosa.

-¿Qué buscas?

-Mira, es la medicina de Fernando que se ha caído, y está destapada.

-Cómo? ¿Crees tú…?

Maruja contaba las cápsulas que quedaban en el tubo.

-Una, dos, tres… seis, siete.

Me puse a llorar como un niño.

-¿Qué has hecho, Maruja? ¿Pero qué has hecho? ¿Cómo pudiste dejar tan a la mano del niño una medicina tan peligrosa?

Según el médico, si un adulto tomaba más de siete píldoras de éstas, hechas a base de luminal, corría peligro grave. Fernando, atraído por la golosina de las píldoras, que estaban recubiertas de azúcar, se había tomado seis. Pero mi mujer, por no asustarme, me había engañado. El chico, en realidad, se había tomado 22 píldoras.

Me fui a la capilla. Allí tenía al Señor Sacramentado, a la luz eterna de las Pampas. Era de noche, y entre sombras brillaba la luz de la lamparita. Incliné, abatido, la cabeza y oré largo rato con gran fervor y confianza.

Mientras tanto, fuera, se preparaba el coche para llevar al chico a Trenque-Lauquen, pueblo distante de nuestra finca 35 kilómetros.

Maruja, sin dar muestras de impaciencia, coge a Fernando en brazos y lo trae a la capilla para ofrecérselo al Señor. Yo la vi entrar, encorvada por el peso del chico, seguida de la niñera, que iba llorando. Se arrodilló en las gradas oscuras del altar y rezó en silencio.

El coche ya estaba preparado, y a más de 100 por hora llegamos en seguida a Trenque-Lauquen. El médico comprendió que era tarde para aplicar vomitivos. No obstante probó a darle uno muy fuerte. Pero, como desgraciadamente sospechábamos, no le hizo ningún efecto, pues ya habían transcurrido más de cuatro horas y la medicina la tenía en la sangre, que estaba completamente envenenada. El médico esperaba el desenlace final de un momento a otro. Nosotros, no. Teníamos una confianza muy grande en la Virgen. Yo, por mi parte, sentado en una silla, no hacía más que rezar rosarios y más rosarios.

Pasaron las horas de la noche. Serían las diez de la mañana. Cogió Maruja un trozo de algodón, lo empapó en agua de Fátima y, al pasarlo por los ojos del chico, observamos con admiración que se abren. La pupila, hasta entonces exageradamente dilatada y vidriosa, como la de los cadáveres, había vuelto de pronto a su posición normal, desapareciéndole el color vidrioso y cadavérico. Era el principio del milagro.

Había comenzado la hora de las sorpresas. Fernando no había podido pasar durante toda la noche una sola gota de líquido por la garganta. Desde entonces comenzó a tragar perfectamente. Por fin, a eso de la una de la tarde, al presentarle unos juguetes, observamos que los coge y se pone muy contento. Había salido por completo del peligro. Nos miraba y se sonreía:
-Fernando .le dijimos llenos de lágrimas-, la Virgen de Fátima te ha curado. Debes prometerle ser muy bueno y quererla mucho.

La Virgen de Fátima. Durante aquella noche trágica, mi mujer y yo, cada uno por su lado, sin decirnos nada, le habíamos prometido terminas la capilla que se estaba construyendo en su honor en Bocayuva. La imagen, de talla, la habíamos encargado a Portugal, y era copia exacta de la milagrosa que se venera en la Cova de Iría, y que allí había sido bendecida.

¡Quién nos iba a decir que aquella madrugada del milagro (17 de mayo de 1949) llegaba embalada en un cajón al puerto de Buenos Aires!

¿Casualidad? Ella, sin duda alguna, había realizado el milagro.

Como resultado de todo, el chico quedó perfectamente, siendo el primer sorprendido el médico (Dr. Raúl Righi).

Todo para mayor gloria de la Madre de Dios.

 

            MANUEL GARCÍA VERDE.  Mari-lauquen (Buenos Aires)

 

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