Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Cieul

Abandonada por su marido durante la gran carestía de 1928-1929, arrojada a la calle como un paquete inútil con sus dos niños, Cieul-ma (la madre de Cieul), presa del hambre y del terror, erró largo en busca de refugio.

Pero… ninguna puerta se abría…

Pronto, exhausto, agotado por las privaciones, el más pequeño de los hijos, cayó sin vida al borde del camino… La lista de los mártires del hambre contaba una víctima más.

La pobre madre enterró como pudo al niño, y sola con el mayor, reanudó su caminar sin rumbo.

Por fin, una cristiana caritativa se apiadó de ella y le cedió una habitación.
Bien cuidada y alimentada se repuso bastante para hacer algunos trabajos de costura con que ayudar a su bienhechora.

Sin embargo, Cieul-ma odiaba a la religión de los cristianos… En vano se esforzó su protectora en llevarla a la verdad. Todo intento resultó inútil…
Pero al lado de la madre crecía Cieul, chiquillo encantador e ingenuo…

Nunca se cansaba de oír la nueva doctrina de que le hablaba la buena cristiana.

Esta consiguió que la madre permitiera al niño acudir a la Misión.

Algunas veces Cieul-ma encontraba a su hijo arrodillado detrás de un árbol con las manos juntas, en oración fervorosa…

Se enfadaba entonces y hasta pegaba al niño.

-Mamá, no me pegues, quiero salvar mi alma, quiero ser cristiano.

-¡Cristiano mi hijo! … ¡Nunca!...

Pasaron los meses, el niño seguía rezando y la madre regañando… Cieul cayó enfermo. La madre, desolada, loca de horror al pensar se le podría morir, no se alejaba ni un minuto de la cabecera.

Una tarde vio entre las manos de Cieul una estatuita de metal.

Levantándose bruscamente exclamó:

-Desgraciado. ¿Los espíritus no están ya bastante irritados contra otros, para que tú te hagas ahora cristiano? Dame eso en seguida.

-Madre, por favor –murmuró el niño suavemente-, no toques esto; déjame mi estatua, es la Madre de ese Jesús, que ha venido a la tierra para salvarnos.

La pagana, llevada por una fuerza superior, tuvo que retroceder… Estaba visiblemente conmovida… Cieul, cansado, dejó caer la cabeza sobre la almohada y quedó dormido.

Sentada a su lado, Cieul-ma lo contemplaba… Y contemplaba la estatua… Palabras incoherentes salían de sus labios:

-Salva a mi hijo y entonces, quizás… yo también me haré cristiana…

Pero la fiebre subió más aquella noche… La madre, desesperada, arrancó la estatua de las manos de Cieul y la tiró por la ventana. Luego intranquila, descontenta de sí misma, volvió a sentarse, y, vencida por el cansancio y la pena, se quedó ella también dormida. Al poco tiempo le pareció como en sueños ver ante sí a una Señora maravillosamente vestida… Su mirada se animó, abrió los labios y…

-Yo curaré a tu hijo –dijo-, pero tú cesa de hacerlo sufrir y hazte cristiana como él.

Se despertó de repente, al oír estas palabras, Cieul-ma, corrió al patio y recogió la estatuita que aún estaba allí, apresurándose a colocarla de nuevo entre las manos de su hijo moribundo…

Al día siguiente bajaba la fiebre. La mujer quedó estupefacta…

Desde entonces ya pudo Cieul ir a la Misión y rezar libremente.

Cieul-ma es ahora una de las más fervorosas cristianas de la Misión. Su hijo ha ingresado en los Franciscanos.

 

              (La Maman de totus, Franciscanas Misioneras de María. Vanve (Seine), año 1952, p. 73.)

 

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