Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Conversión de un ministro japonés

Es el Japón un país de delicados sentimientos religiosos.

La exuberante belleza del paisaje dominada por el Fuyi, el monte sagrado del Japón, produce en el ánimo de sus habitantes las notas de delicadeza y sentido religioso tan característico de este pueblo.

Sus diminutas casitas, rematadas por curvos tejados, se apiñan en el terreno formando arrecifes humanos. Pero en las grandes ciudades se encuentran edificios de estilo europeo. Es en uno de estos donde se va a desarrollar este hecho.

Uno de los Ministros del Japón, ex-embajador de París y Petrogrado, profesaba, aunque pagano, una gran estima por la Religión Católica.
Llevado de su aprecio, no tuvo inconveniente en que uno de sus hijos fuera bautizado en ella.

Todavía llegó a más su condescendencia. Consintió en rezar con el rosario todas las noches, pidiendo a la Virgen de Fátima su conversión.

Cada noche, cuando abandonaba su mesa de trabajo, se dirigía a la sala de reunión de la familia, encontraba a su hijito con el rosario en la mano dispuesto a comenzar el rezo.

No obstante estas demostraciones de simpatía, rechazaba suave pero constantemente, las cariñosas ofertas de su hijo:

-Padre, ¿no te parece que es ya hora de recibir el bautismo?

-Hijo mío, no me creo con suficientes fuerzas para ello.
Así transcurrió el tiempo, sin que por otra parte dejase de rezar el rosario una sola noche.

Un día la enfermedad vino a visitarle y le puso a las puertas de la eternidad.

Consciente de su estado, seguía sin resolverse, continuando con constancia sus súplicas marianas.

La enfermedad siguió su curso, sin que el hijo hubiese recibido la respuesta a ninguna de sus tentativas.

¿Qué iba a suceder? ¿Faltaría la Virgen a su promesa?

El enfermo se moría.

¿Desconfiar de la Virgen? Eso nunca, ni por un momento.

Una última tentativa:

-Padre, te lo suplico, ¿no quieres aún recibir el Santo Bautismo? 

El enfermo volvió su rostro y asintió con la cabeza.

El hijo, que no esperaba esa respuesta, loco de alegría, corrió en busca del sacerdote.

La Virgen no había fallado.

Cuando el sacerdote llegó, un hilo de vida parecía animar su cuerpo desmayado. Una franca sonrisa en su rostro, que parecía haber perdido la palidez cadavérica.

Momento sublime aquel en que el sacerdote derramó el agua sobre su cabeza, transformándole en templo del Espíritu Santo. 

 

              (L. GENTILE: Catecismo ilustrado con ejemplos de las Misiones. Burgos, 1930, p. 209.)

 

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