Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: En el hospital de San Sebastián

Aquel día Miguel, el gitano, estaba extrañamente excitado. Cuando el hermano que aquel mes tenía cargo de la sala se incorporó a su trabajo, contestó a su saludo con un gruñido. Después se encerró en un hosco  mutismo que no tardó en romper.

-Oiga, hermano, dentro de unos días es la Inmaculada, ¿no?

-Sí, y espero que querrás confesarte para recibir ese día al Señor.

-¡Claro que me confesaré! Total, para lo que pienso decirle al cura…

-¿Decirle? Supongo que pensarás hacer una confesión sincera.

-¿Sincera? ¡Para que luego el cura cuente mis cosas a todo el mundo!

-Pero, Miguel, ¡no digas barbaridades! Tú sabes que el sacerdote no puede decir absolutamente nada. Antes moriría que manifestar el secreto. Háblale con claridad.

-¡Esa sí que es buena! ¿Entonces si yo mato a uno se lo tengo que decir al sacerdote para que luego pegue el soplo y me metan en chirona?

Hubo que dejarle. No atendía a razones. Por lo visto, a él se lo había explicado todo <<un amigo de mucha confianza>>.

Cuando aquel día de los cuatro novicios jesuitas, que realizaban su mes de prueba en el hospital, volvían al colegio donde se alojaban, Miguel fue el centro de la conversación.

-Hoy he discutido con Miguel, el gitano ese que tengo en la sala. Consultaré con el P. Espiritual, pero creo que habrá que prohibirle el recibir la Comunión para evitar más sacrilegios.

Miguel escuchó la prohibición en silencio. Sus ojos brillaron más que de costumbre, y con una mueca que quiso ser una sonrisa despectiva escupió con ira:

-¡Váyase usted a…! ¡Valiente cosa me importan sus prohibiciones! O sea que yo comulgaba por hacer la rosca a Sor Francisca y usted ahora me lo prohíbe. ¡Pues todavía me hace un favor! ¡Ya hemos <<terminado>> hermano; no quiero ni oír hablar de usted!

-Tú no querrás saber nada conmigo, Miguel, pero yo sí. Ya sabes que aquí me tienes para todo lo que necesites. ¡Ah! Desde luego cuando estés dispuesto a instruirte para recibir la Comunión, no tienes más que decirlo. Seré encantado tu catequista.

Llegó el día de la Inmaculada. Toda la sala recibió la Comunión. El pobre gitano hidrópico seguía en su negativa. Cuatro novicios pedían encendidamente a la Señora que comenzase su Año Mariano con el milagro de aquella conversión. Y la Señora accedió. Al día siguiente, de aquel revoltijo de mantas que cubrían a Miguel, salió una voz débil.

-¡Hermano, Hermano! Explíqueme qué tengo que hacer para confesarme bien. Tráigame un Padre de su Colegio, que quiero confesarme esta tarde.
Fue un prodigio de sincera humildad. Con la honda alegría de su reconciliación, recibió al día siguiente a Jesucristo en la Comunión.

Dios quiso que aquella Comunión fuese su Viático. La Señora quiso presentar a Jesús aquella flor abierta a última hora para la eternidad.

Hospital Provincial de San Sebastián. 8 diciembre 1953.

 

             JOSÉ LUIS OCHOA, S.J. Loyola (Guipúzcoa)

 

Puedes leer más milagros AQUI

Puedes ver vídeos de milagros AQUI

 

 

de CatholicosOnline