Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: Convertido a pesar suyo

El 21 de diciembre de 1847 llamaban bruscamente en la puerta de la casa parroquial de Sáez. Se reclamaba la presencia del sacerdote urgentemente para asistir a un enfermo bastante grave.

Enseguida marchó el párroco a casa de su viejo feligrés. Sentía que el enfermo abrigaba disposiciones contrarias a nuestra religión, no ignorando al mismo tiempo el odio tan exacerbado que tenía su persona.

Una nube de injurias y groserías fue el saludo del paciente al divisar al sacerdote…

Regresó apenado a casa, arrodillándose  a los pies de una imagen de la madre de Dios y suplicando su ayuda.

De nuevo a la mañana siguiente fue a casa del enfermo.  Este, con los ojos inquietos buscaba algo que no encontraba.

-¿Qué te sucede?

-Busco un palo para arrojarte de casa.

Al no encontrarlo, le escupió en la cara al sacerdote, exclamando:
-Ya que no puedo hacer otra cosa, toma, esto para ti.

-Gracias, hijo…

Y volvió bastante afligido a su parroquia. Caía la tarde cuando invitó a sus feligreses, que pertenecían a la archicofradía del Corazón Inmaculado de María. Había que convertir a aquel infeliz.

Por tercera vez se dirigió a casa del enfermo. Este aparecía sereno y amable.

-¿Viene usted a confesarme, señor Cura?

-Sí, hijo; hoy hemos rogado por usted a la Madre de Dios y vemos que nos ha escuchado, ¿no es verdad?

-No sé nada, pero quiero confesarme.

Se confesó. Antes, dirigiéndose a los tres que estaban en el aposento dijo:
-No os retiréis, pues esta mañana ofendí al señor Cura y debo darle una reparación.

Recibí el Santo Viático. Cuatro días después, la Virgen Madre de Dios se lo llevó al cielo.

 

             (ALEJANDRO CEPEDA, M. I.C.M.: María al alcance de la juventud. Barcelona, 1907, p. 313. )

 

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