Virgen María Madre de Dios

 

Milagro: La conquista del <<Judío>>

Don Manuel González, Obispo de Málaga, narra una de sus aventuras apostólicas en el Hospital de las Hermanitas de los Pobres, de Sevilla.

A pesar de las buenas caras y de la buena <<madera>>, no todo eran triunfos.

Uno de los ancianos era de carácter reservado; oscuro de alma como de cara, huraño, molesto y quejumbroso siempre con la Hermanita que le servía.

Un día le vi arrojar a la cara de ésta, el líquido con que le lavaba una llaga cancerosa de la oreja.

Conmigo nunca se descompuso. Sin llegar a la amabilidad y expansión con que sus  compañeros me solían recibir, siempre se mantuvo respetuoso y agradecido a mi interés  por su salud, muy quebrantada por cierto.

Pero de confesión, nada. A las indirectas sobre el particular que de cuando en cuando le hacía, me respondía con severidad y despego, como diciendo: <<No toque usted ahí.>>

Solo pude conseguir de todos mis trasteos apostólicos con él, que me recibiera el escapulario del Carmen y lo llevara siempre colgado.

No me quedaba otra esperanza que ésta y las oraciones de la buena Hermanita.

Un buen día recibo aviso urgente de la Superiora para que fuera al Asilo, porque un anciano se había tirado por las escaleras.

Pensando en el <<Judío>>, y temiendo a la par que fuera él, me puse volando al pie de la escalera, en la que temía encontrar el cuerpo  del suicida.

Abajo no encuentro a nadie, y miro hacia arriba, al último piso, y allí veo un grupo de Hermanita y ancianos tirando de un hombre amarrado por la cintura y colgado sobre el hueco de la escalera.

¿Qué había pasado?

Efectivamente, era el <<Judío>>, que, en un arranque de desesperación, aprovechando la ausencia de la hermanita y ancianos, y saltando la baranda, se tiró desde la parte más alta de la escalera; pero, al ir a soltar la mano  con la que se tenía cogido a la baranda, y ya todo el cuerpo en el aire, se sale el cordón debilísimo del escapulario, y, como si fuera una cadena, se enreda entre sus dedos y muñeca, y formando un círculo con el brazo alrededor de uno de los hierros de la baranda lo deja colgado.

A los gritos que la violencia de la postura y quizá el arrepentimiento le arrancaron acudieron sobrecogidas de espanto y luego de admiración y gratitud ante el prodigio patente del escapulario de la Virgen.

No hay que decir que el <<Judío>> dejó de serlo, y el poco tiempo que después vivió, fue un buen cristiano.

 

             (J. CAMPOS GILES, Pbro.: D. Manuel González. El Obispo del Sagrario abandonado, Palencia, 1950. Vol. 1 º, c. III-2.º)

 

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